El Rompa Cadenas
Arte de Stephanie Briones
El Testimonio de Marcela Hernandez
Era el año 2005. Estaba viva por fuera, pero por dentro me sentía muerta. Era solo la cáscara de una mujer, una raya más en el cinturón de cualquier hombre que me dijera que era bonita. Me refugiaba en las drogas… aunque no eran “duras”, o al menos eso me decía a mí misma. Necesitaba las pastillas para dormir y el alcohol para sentir algo. Era una borracha emocional. No tenía ni idea de que estaba rota. Estaba insensible, quemada por dentro… y solo tenía 23 años.
Vivía así delante de mis hijas, que en ese entonces tenían 3 y 5 años. Tenía un esposo a medio tiempo, y yo era la única que proveía para las niñas y para mí. Recibía algo de apoyo de mi familia, pero no era lo que realmente necesitaba. Yo necesitaba un salvador. Necesitaba que alguien me rescatara. Necesitaba ser libre. Era esclava de la inseguridad, del odio hacia mí misma, del abandono. Ni siquiera me gustaba; mucho menos me amaba. Y la verdad… tampoco me gustaba nadie más. Sentía que todo el mundo era un problema en mi vida.
Tenía unos cuantos amigos y familiares que me querían, pero yo los mantenía a distancia. Y la mayoría del tiempo sentía que era “demasiado” para cualquiera. El drama y el caos me seguían como un perrito esperando que le diera de comer. Había días en los que solo quería huir, pero… ¿a dónde? ¿Con quién? Tenía dos niñas… no podía simplemente dejarlas. Entonces sí que iban a terminar como yo, y eso era lo último que quería.
A los 17 tuve a mi hija mayor, y desde ese momento mi misión era darle una vida mejor. Quería que ella fuera todo lo que yo no fui. Quería que tuviera algo que yo jamás tuve: felicidad. Pero después de 5 años, no había logrado nada. No había cambiado nada. Empecé “bien”, con buenas intenciones, pero no pude sostener esa fachada de “niña buena”. En ese momento era una madre soltera… casada. La vida era difícil, y yo estaba convencida de que eso era todo lo que me tocaba. Porque la gente como yo, que viene de donde yo vengo… se queda ahí. Nos quedamos estancados.
Vivía una vida que me habían enseñado; era lo único que conocía. Estaba atrapada en ciclos generacionales y patrones de pensamiento que me alejaban de la esperanza. Pensamientos que distorsionaban quién era Dios y lo que podía hacer. Esos mismos patrones hacían que su bondad se viera pequeña y que su poder para liberarme se sintiera imposible. Yo estaba en Egipto.
Casi al cumplir 24 años, el lugar donde trabajaba anunció que iba a cerrar. Tenía dos niñas que alimentar, así que sentí una urgencia por encontrar otro trabajo. Solo llené una solicitud en un centro de adolescentes en el pueblo donde vivía. Ese mismo día me llamaron para una entrevista. ¡Y me dieron el trabajo! Me sentí aliviada… aunque no tenía idea de lo que venía. No sabía que Dios ya se estaba moviendo.
Fueron muchas las noches en las que lloré sin decir ni una palabra, solo lágrimas. Normalmente después de una noche de borrachera y sexo con algún desconocido. No me amaba, así que me entregaba a cualquiera que mostrara interés. Mi esposo no aparecía por casa, porque su amante eran las drogas. Mi autoestima y mis expectativas con los hombres eran bajísimas. Nunca había sentido el verdadero amor de un hombre. El único “amor” que conocía era el sexual. Y cada vez que cambiaba de pareja, una parte de mí moría.
Y al mismo tiempo, sentía que tenía el control. Pensaba que tenía poder sobre los hombres que “usaba”… pero esa fue una de las mentiras más dañinas que creí. Pensar que usar mi cuerpo me daba poder sobre un hombre… cuando en realidad era una ofrenda a un espíritu demoníaco. La que estaba siendo usada era yo.
Empecé el nuevo trabajo y conocí gente nueva. Conocí hombres nuevos. Pero esta vez era diferente. Tenía un blanco espiritual sobre mi espalda, y la mayoría de los hombres casados o comprometidos del lugar me echaban el ojo. Tenía que cuidarme, porque estaba en un ambiente lleno de lujuria y adulterio, pero sabía que no podía caer… este trabajo era mi sustento.
Y aunque sí sentía una presión espiritual, fui perseguida por un pastor. Pero no de la forma en que estaba acostumbrada. Este hombre no quería mi cuerpo… quería mi alma, mi bienestar, mi persona. Y eso… era algo nuevo para mí. No estaba segura de si podía confiar en él, pero fue constante y persistente. Cada semana que lo veía me invitaba a su iglesia. Él vivía Mateo 4:19: “Sígueme, y te haré pescador de hombres”. Y me pescó a mí.
Era el mes de mi cumpleaños en 2006. Yo estaba haciendo planes para salir de fiesta. Él escuchó los comentarios en el trabajo y me dijo: “Marcela, pensé que ya estabas en el camino”, refiriéndose al camino de salvación. ¡Dios! Fue tan amable… y yo me sentí tan mal. Me miró con una cara que parecía de papá decepcionado de una comedia. Pero no era él… era yo. Él hizo algo que nadie había hecho antes: me hizo responsable de mis decisiones. Yo le había dicho que iría a su iglesia… y no lo había cumplido. Así que le dije: “Esta es la última vez”. Y él se rió con amabilidad. La presión venía desde dentro de mí.
Salí ese fin de semana por mi cumpleaños… pero el domingo fui a la iglesia. No me acuerdo de qué predicó, solo recuerdo que estaba sentada llorando feo en la banca. Hizo un llamado al altar y, sin pensarlo, me encontré caminando hacia adelante. Él tenía aceite en sus manos y yo solo pude decir: “No quiero vivir así nunca más”. Ese día acepté a Jesús como mi Señor y Salvador. Él puso sus manos sobre mí y sentí el amor tangible de Dios. Me envolvió desde la cabeza hasta los pies. La obra terminada de la cruz estaba obrando en mí… y yo lo sentía. Lloré mientras las cadenas se rompían. El amor bajó por mí. Ese día cambió mi vida… y nunca más miré atrás.
El Espíritu Santo era tan real y tan poderoso… que de un día para otro dejé de regalarme. Empezó el proceso de aprender a amarme, y fue difícil. Pero el poder de la sangre de Cristo fue —y sigue siendo— tan fuerte, que su amor por mí despertó en mí un deseo de buscarlo más. Me pregunté: ¿Quién es este Jesús que murió por mí? Y aun en su muerte, tiene tanto poder.
Ese día me cambió tanto que hasta me daba asco la idea de entregarme a otro extraño. Mi mente fue renovada. Necesitaba conocerlo más; no me bastaba con ese solo encuentro. Tenía hambre de más.